En nuestro periplo anual por el Benelux, acostumbro a comprar birra nueva en el primer comercio que encuentre (en Bélgica hasta las tiendas de conveniencia que cierran tarde pueden tener más de cien birras diferentes): la meto en la nevera (o mini-bar) y la voy catando noche tras noche, al margen de visitas a templos cerevisiáfilos, casas elaboradoras, abadías trapenses y demás.
Lo normal es que todo esté entre bueno y buenísimo, porque en Bélgica se elabora buena birra en cualquier rincón (como ocurre con el vino en Portugal o España), pero muy de tanto en cuanto se da uno de bruces con un truño. Y hoy os traigo un ejemplo.
Etiqueta sencilla, botella sorprendentemente voluminosa (medio litro) y una casa de la que no habíamos catado nada hasta ahora (y me va a costar volver a catar, en fin). Con ustedes,
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